Publicación original de Instagram.
Rigoberta canta “Soy mayor” mientras busco el acceso a la residencia en Suresnes donde vive ahora Philippe. Hemos quedado a comer. Marie, su asistenta, me ha dado indicaciones precisas sobre cómo llegar en transporte público, pero he preferido cruzar el Bois de Boulogne a pie y llamar a mi padre en el trayecto.
Mi padre tuvo una caída en bici hace casi dos décadas, que lo dejó en coma. Yo entonces estaba tocando en la embajada francesa en Ottawa, con Philippe. Recuerdo sus consejos aquél día, una tormenta de nieve interminable en la pista del aeropuerto de Philadelphia y un viaje exprés de Madrid a Valencia con Víctor y David para llegar a tiempo a la UCI.
Mi padre se recuperó milagrosamente y, como parte de su rehabilitación, empezó a llevar mis números y yo a llamarle con mayor frecuencia. Ni mis números ni nuestra relación mejoraron entonces, costó algunos años más; pero ahí empezamos a fijar ciertas rutinas.
Desde el restaurante nos dirigimos al salón, donde hay un piano de cola eléctrico. Toco el inicio de la Baetica y a Philippe se le ilumina la cara -aunque ambos pensamos que a su amigo Arturo no le apasionaba la pieza-. Después hago unos compases del K414: Philippe propone algunos adornos y canta la melodía de las cuerdas. A los pocos minutos se cansa y se sienta a tomar café y a hacer bromas a un grupo con el que suele compartir las sobremesas. La tertulia sube de intensidad tras alguno de sus chistes groseros, que quizás ha repetido también los días anteriores. “C’est pas gentil”, le dicen, y es cierto. “Est-ce qu’il est aussi comme ça avec vous ?” Pero yo cuento al grupo mi paso de niño a adulto aquella tarde en Ottawa, antes de la tormenta. Cómo quedó fijada allí mi admiración, la única que conservo de mi etapa de estudiante en París.
Ahora, profesor y alumno, tocamos la Fantasía en fa menor, completa, en un Roland aún más eléctrico que el anterior. Noventa años y la misma caída maravillosa de mano. Hablamos de Lenny y Pierre, del último retrato de Chopin -él sí, con apellido-, de su gira con la orquesta de la radio japonesa y de cómo marcar el tempo del final de la Quinta de Beethoven. Escuchamos nuestras grabaciones juntos de Mozart y Poulenc, y su vídeo en The Bell Telephone Hour, que habré visto ya no sé cuántas veces. En Puteaux, justo al lado de Suresnes, hay mucho dinero (“la ville la plus riche de France”, dice), y tienen una sala perfecta en el conservatorio donde quiere que hagamos de nuevo algo juntos. A mí me basta con hoy, y con los recuerdos.
Acompaño a Agnès, que también vive en la residencia, y a Philippe a la terraza del complejo (“1, 2, 3… hop!”). Es la primera vez que suben porque a él le siguen dando vértigo las alturas. Sentados frente a la tour (“trois cent trente métres…”), vuelve a hacer uno de sus chistes, pero esta vez no puedo evitar reír a carcajadas. Un vrai charmeur.






