Mi yaya está enferma. Hace unas horas he podido verla por la cámara del teléfono. Quiero creer que ella también a mí: me ha devuelto los besos. Como siempre, le he dicho medio en broma que rece por los pilotos del avión que me traerá de vuelta. Antes me respondía que, aunque ella pusiera su parte, nosotros también deberíamos poner la nuestra. Esta vez no ha dicho nada.

Me siento a probar el viejo pero noble Steinway del anfiteatro Simón Bolívar. Detrás de mí, las pinturas murales de Rivera; en la entrada, en la calle Donceles, suenan sin pausa los organilleros y ritmos de tambores aztecas que desconozco. Ya me han advertido que parte del público no llegará al concierto: “la peor pesadilla vial y de tráfico de mi vida para llegar al centro”, me dice un amigo. Las sirenas de los carros de policía y el ruido de los motores de los camiones del ejército mexicano anticipan el ritual que supondrá el primer informe del gobierno de Sheinbaum a la mañana siguiente, apenas a unos metros, en la plaza del Zócalo.

La algarabía es constante, pero en mi cabeza solo están Ravel y ella. Ves, yaya, al final sí me enseñaste a rezar.


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