Publicación original en Instagram.
Ayer amanecieron dos soles. O al menos eso dice mi teléfono, el mismo que el día anterior fue incapaz de fotografiar el eclipse.
Me siento como enfermo de scroll infinito, de no responder emails pero mirar la bandeja de entrada demasiadas veces, y del puñetero WhatsApp que no sirve para oler y tocar a mi gente, pero que a la vez me les acerca con solo pulsar un botón. Miro likes y publico a deshoras; también toco el piano a deshoras, porque son las horas de paz, y el piano, para mí, ha de ser paz.
En París saco fotos de fotos de Jacqueline, que falleció en Navidades, y de lugares vacíos que habitamos, para intentar recordar cómo eran cuando ella los llenaba. Y de Bernard, su marido, que siguió vivo en ella, y en mí, y en Rose, y en Coumba, sus ahijados, hasta que ella dejó de estar. Rose tiene canas, y yo también —Coumba no lo sé, porque hoy era el Aïd y vino con su hiyab negro—: canas, y kilos, y resaca de gentes varias. Por eso sólo beso y abrazo y digo “te quiero” y “te echo de menos” a quien quiero y echo de menos —y escribo esto 𝘢𝘴 𝘸𝘦 𝘢𝘳𝘦 𝘱𝘢𝘴𝘴𝘪𝘯𝘨 𝘢𝘯 𝘢𝘳𝘦𝘢 𝘰𝘧 𝘵𝘶𝘳𝘣𝘶𝘭𝘦𝘯𝘤𝘦𝘴.











