Un poco de lo vivido en este invierno que iba a ser tranquilo. Y unos cuantos selfies con gente a la que quiero mucho.

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Desde hace unas semanas te despiertas pronto. Quizás porque, aunque llevas una temporada sin viajar, en casa están pasando muchas cosas que te mantienen siempre alerta. Te metes debajo de la sábana, como cuando eras niño y, de noche, querías seguir leyendo un rato más. Antes acostumbrabas a leer las noticias, luego pasaste a consumir vídeos, generalmente de denuncia social. Sigues haciéndolo, pero menos.

Ahora has encontrado un jueguito de móvil en los que construyes un castillo y recoges madera, pan, piedra y hierro. En tu alianza, porque así se llama cada grupo de jugadores, hay gente de todo el mundo. Os dais los buenos días y las buenas noches a través de un chat donde cada palabra malsonante desaparece filtrada bajo unas ***.

A veces te sientes culpable, poco militante, incluso frívolo. Decides lanzar un ataque a una pantera de color morado con tres de tus héroes y te siguen algunxs compañerxs: Riser desde India, Sairen desde Filipinas, Nordvind desde Suecia. Mientras esperas que el ataque surta efecto, ya has salido de la cama y preparas café para ti y una infusión para David, aún convaleciente de su operación.

Reservas las últimas horas del domingo para sentarte al piano de nuevo. No te importa dormir poco, prefieres aprovechar el silencio. Mañana por la mañana seguro que recibes una llamada incómoda, o alguno de esos correos que, quizás, te tuerzan un poco el eje, pero muy poco. Tú, que eres dispuesto pero indomesticable, ya has elegido a la única persona autorizada a hacerlo. A torcerte y a domesticarte, ambas cosas.

Y, aunque te has desconcentrado pensando en esto y has vuelto a abrir ese jueguito de castillos, héroes y princesas, no le dedicas demasiado tiempo. Te sientas al piano, respiras, colocas las manos y repites una vez más ese pasaje endiablado que en unos días vas a grabar. Nunca has tocado mejor que ahora.

Estás en Florencia. Te despierta David, que sale hacia Ponte Vecchio a tomar alguna foto antes de que lleguen los (otros) turistas. Recuerdas la inauguración del día anterior: la exposición que Christopher Rothko ha comisariado sobre su padre en el Palacio Strozzi y que os hace sentir, a David y a ti, algo especiales en esta ciudad magnífica que parece a veces un parque temático.

Él, que salió de una isla en busca de libertad verdadera, no la que ahora venden algunas, definitivamente no lo es, al menos en el sentido peyorativo de la palabra. Te conmueve ver las esculturas de Michelangelo y los frescos de Fra Angelico a través de sus ojos, estudiar la composición de La Primavera de Botticelli, admirar la cúpula del Duomo de Brunelleschi, bajar caminando ese paseo de cipreses en Boboli que (¡sí!) os recuerda a los huertos de tu pueblo.