Publicación original en Instagram.
“En la casa de mi familia, en Picanya, están bien. Mis padres están a salvo. Todo lo perdido es material y, tarde o temprano, recuperarán una gran parte”. Se lo he dicho muchas veces en las últimas semanas a toda la gente querida que nos ha escrito. Hemos celebrado nuestra fortuna.
No he sabido maldecir en público, aunque agradezco profundamente a quienes lo han hecho en nuestro nombre. Los dientes me rechinan por las noches mientras duermo, y sigo soñando con fango, a pesar de no haber estado allí aquella primera tarde de horror, un horror que persiste para miles de personas un mes después. Por favor, seguid apoyándolas… y maldiciendo a quienes no lo hacen.
No hemos perdido a nadie, y por ello nos sentimos afortunados. Sin embargo, me entristece y avergüenza una de las cosas que sí desapareció: en nuestro bajo, que fue mi estudio durante años, estaba el archivo personal y musical de mi tía Mariangeles. Su legado y su memoria. Siento que, de algún modo, hemos perdido también una parte de ella. Este verano pensamos en trasladar sus cosas, pero nuestra casa estaba tan llena de trastos y el bosque alrededor tan seco que temí que pudiera arder. Qué ironía: temes un extremo del cambio climático y recibes -por ahora- el opuesto.
Mariangeles lo guardaba todo, obsesivamente. Nunca me planteé revisar y organizar su archivo porque habría sido imposible mejorar algo tan perfectamente documentado y clasificado. Estuvo sumergido varios días y sigue cubierto de barro. Pero, poco a poco, estamos logrando secarlo. Un día conseguimos despegar las páginas de un manuscrito; otro, aparece una copia nueva de una fotografía que dábamos por perdida. Una vez seco, queremos que en la universidad se encarguen de terminar la tarea de restauración y digitalicen todo lo que se haya salvado. No quiero que su legado se pierda.





