Publicación original en Instagram.
Cada mes de enero se ha convertido en rutina revisar fotos familiares. A veces son muy antiguas, otras de hace apenas unos años. Esta tiene sólo cuarenta, y yo soy el rubio de la izquierda. La del centro es Anna Laia, mi “hermana mayor”.
Ella tiene la culpa de que yo escriba a veces. Como en mi familia de sangre yo era el primero, de niño la elegí a ella para admirarla, bocabadat, y copiar todo lo que hacía. Luego llegó mi hermana Mar, y después Élia, la hermana de Anna, que repitió el mismo gesto con la mía.
Anna escribía cuentos durante las vacaciones y, por la noche, metidos todos dentro del saco cuando en los Pirineos aún hacía frío en verano, nos los leía. Me parecían historias complejas, de mayores. A veces me daban miedo, pero no decía nada. Por la mañana, ya buscaba yo la manera de inventarme algo más alegre. Mis personajes casi siempre viajaban, a veces vivían lejos. Una vez escribí un poema sobre un guardabosques en Yellowstone.
El otro día llevamos a mis sobrinos al zoológico. Me impresiona cada gesto humano de los animales. Me aterra imaginar qué sienten cuando nos observan desde su cautividad de escaparate. ¿Pensarán mis sobris dentro de unos años en la crueldad de ver animales enjaulados? Ojalá sea así. Ojalá haya menos barbarie en el mundo y nada ni nadie les impida sentir libremente.
Había empezado este texto con unas barbaridades que el otro día me dijeron en un grupo de WhatsApp. Pero al final se quedarán sólo en mis cuadernos, porque todo lo malo que se escribe por aquí arde mucho y rápido, y luego desaparece. Y yo lo que quería hoy era recordar y hablar de referentes.
Y de que yo cambio y algunos referentes cambian y entonces la gente a mi alrededor también. Que los míos de hoy son hipopótamos, mis hermanas, Rubinstein y Maria Escarmiento, que saca disco pronto. Y siempre mi yaya. Y que sigo sintiéndome perdido y agradecido. Todo junto.










