Probablemente os he contado ya la historia de mi primer concierto en Nueva York. Elvira la ha contado también muchas veces. Y, si no, no me importa volverlo a hacer, porque es una historia preciosa, llena de casualidades y de síes, esa palabra tan extraña para nosotros los artistas, tan acostumbrados a puertas herméticamente cerradas, a que los sueños queden en un cajón antes incluso de que hayan empezado a tomar forma.

Pero hoy, aún con la emoción del espectáculo que estrenamos en Zarzuela, me apetecía contaros otra que nunca habíamos puesto por escrito. Y es que, la noche después de ese primer concierto en Nueva York, Elvira me había citado en el Henry’s, el bistró de Duke Ellington Boulevard (que, por supuesto, como siempre sucede en esta ciudad, ya hace años que cerró) para cenar. La línea roja de metro había dejado de funcionar temporalmente. Alguien se había tirado a las vías, me dijeron. Llegué con la lengua fuera, tarde e impresionado por la situación, pero ahí estaba Elvira, menuda y sonriente, observándome desde la mesa que había reservado. Me quité el abrigo y me senté corriendo, casi sin mirarla, avergonzado, pero ella, sin cambiar el gesto, me preguntó: “Y bueno, Antoñito, ¿tú, qué?”. Abrí los ojos como platos sin entender la pregunta. “¿Que qué es de tu vida, pianista?”. Empecé con cuatro lugares comunes mientras mi vergüenza crecía por momentos. Pero algo que aún no sé explicar se desbloqueó en mí y, sin darme cuenta, me encontré contándole cosas que sólo sabían mis amistades más cercanas (aquellas a las que no les cuentas nada, simplemente lo saben). Saliendo del armario, esa expresión que por tantas veces dicha no deja de ser importante, y que aquí fue exactamente lo que sucedió.

Recuerdo que Elvira reía mucho y yo cada vez más, y que la noche se me hizo cortísima. Cuando nos despedimos nos adelantamos a la historia y nos hicimos unos cuantos selfies que he buscado una y otra vez pero que no consigo encontrar. Volví caminando al hotel, más allá de Central Park, y me quedé parado frente a los luminosos de Times Square, mirando a mi alrededor, a esa avalancha de información que ahora invade nuestros móviles pero que entonces sólo existía en lugares como Times Square. Para mí todo había sucedido en un instante, pero de repente me di cuenta de que ya era madrugada y tenía un avión a Houston a la mañana siguiente.

Luego, con la misma naturalidad, vino la amistad con su hijo Miguel, el diseñador, pero también el hombre más amoroso de la Tierra. Y, en lugar de recordar el sueño, empezamos, con más o menos fortuna, a imaginar muchos más. En todos ellos nos animábamos y protegíamos para salir del camino esperado en nosotros: “¡Qué bonito cantas, Elvi!”, “Antoñito, ¿eso no es demasiado clásico?”, “Miguel, hazme un cartel, vente a casa a dibujar, vísteme, hazme un dossier, una portada… ¿te apetece construir una escenografía?”

Cuando me concedieron la residencia en la @hispanic_society, lo primero que pensé fue en hacer algo juntos. Empecé el trabajo de documentación y a contárselo a Elvira para construir el relato musical que nos llevaría a vivir una nueva experiencia compartida en Nueva York. La situación actual impidió que nos viéramos allí, pero el proyecto, gracias a Gonzalo, ya estaba en manos de @isamay.benavente y el @teatrodelazarzuela. Hubo que cambiar muchas cosas, casi que volver a empezar. “Antoñito, Miguel, eso no nos sirve, hay que contar otro tipo de historias”. Elvira fue poco a poco armando el guión con nuestras aportaciones; mientras, yo estudiaba a Granados o Falla, pero también improvisaba (hacía de torpe Thelonius, pero lo hacía) o me animaba a cantar por Kurt Weill. Para ello, cada día volvía al Henry’s, a lo que sentí aquella noche, a celebrar cómo su curiosidad y mi vulnerabilidad habían convertido un simple concierto de piano en una amistad.

A pocas semanas del estreno (qué suerte la nuestra) se sumaron la claridad, la eficiencia y el sentido práctico de Jorge Torres y esa ruiseñor de voz y alma bellísimas llamada Sheila Blanco. Con ellos, terminamos de dar forma a “Aquella Ciudad”. El resto, ya lo conocéis.

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